¿Quién debe dirigir la cultura en Oruro?

 

Miguel Angel Foronda Calle

Abogado, Gestor e Investigador Cultural

Lunangel.gc@gmail.com

Hablar de cultura en Oruro no es un tema menor. Somos la Capital del Folklore de Bolivia, con un Carnaval de Oruro reconocido por la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Este reconocimiento es motivo de orgullo, pero también una responsabilidad: somos herederos de una riqueza simbólica, artística y patrimonial que exige una gestión a la altura de su valor.

Sin embargo, esta condición también nos plantea una disyuntiva: centrar la agenda cultural y económica en el Carnaval o reconocer que existe vida cultural más allá de esta gran manifestación. La evidencia está en otras iniciativas como el Festival Nacional de la Música Boliviana “Aquí Canta Bolivia”, el Festival de Cine “Diablo de Oro”, o la riqueza gastronómica que impulsa actividades como el Festival del Charquekan Orureño, entre muchas otras potencialidades.

Queda claro que, si bien el Carnaval ocupa un lugar medular en la identidad orureña, no debería eclipsar otras expresiones. Dicho de otro modo, una gestión cultural seria no puede girar en torno a una sola manifestación, por más importante que esta sea.

En un contexto de renovación de autoridades departamentales y municipales, surge una pregunta necesaria: ¿quiénes están llamados a gestionar este patrimonio desde lo público? O, en términos más precisos, ¿cuál debería ser el perfil de la cabeza de la Secretaría de Cultura?

El rol de un/a Secretario/a de Cultura no debería entenderse únicamente como un cargo administrativo o político. Se trata, ante todo, de una responsabilidad estratégica, especialmente en un territorio con el potencial cultural de Oruro. Esto implica la capacidad de articular políticas culturales, fortalecer a los creadores locales, preservar nuestras tradiciones y, al mismo tiempo, abrir espacios para nuevas expresiones. Supone también cambiar la mirada: entender la cultura no solo como expresión simbólica, sino como parte de la economía creativa, capaz de aportar al desarrollo municipal, departamental y nacional.

Más que cuestionar personas, vale la pena mirar hacia adelante y reflexionar sobre los requisitos deseables para asumir esta responsabilidad. Entre ellos, puede considerarse una formación en gestión cultural o áreas afines, aunque también es válido reconocer el valor de la experiencia construida desde el trabajo directo con la ciudadanía y en específico con colectivos culturales. Conviene aclararlo: gestor cultural no es necesariamente sinónimo de historiador, artista o académico; existen trayectorias diversas, y ninguna es en sí misma superior a otra, sino distintas en su naturaleza y aporte.

Asimismo, resulta fundamental que quien asuma este cargo tenga un conocimiento profundo del contexto local, no solo de sus expresiones más visibles, sino también de aquellas que suelen quedar al margen. La cultura no es estática ni homogénea; exige sensibilidad, escucha activa y capacidad de diálogo. Oruro posee riqueza en danza y música —más allá de las especialidades de la Obra Maestra—, pero también en pintura, poesía, teatro, producción audiovisual, títeres, cuentacuentos, literatura, investigación histórica, cultura urbana y juvenil, y fotografía, entre otras expresiones.

Por otro lado, no se puede ignorar que estos cargos están atravesados por dinámicas políticas. Sin embargo, una gestión cultural responsable debería aspirar a cierto grado de independencia, priorizando el interés colectivo por encima de agendas coyunturales. Esto no excluye la necesidad de habilidades políticas; al contrario, implica avanzar hacia una verdadera gobernanza cultural, vale decir a tener la capacidad de relacionarse con los distintos actores, comprender sus dinámicas organizativas y articularlas con la gestión pública para, en conjunto, producir políticas culturales. Menuda tarea.

Finalmente, más allá de títulos o trayectorias, hay cualidades que deberían ser innegociables: compromiso con la cultura, transparencia en la gestión y una visión inclusiva que permita que más personas accedan, participen y se reconozcan en la vida cultural departamental y municipal.

Pensar en estos aspectos no busca deslegitimar a nadie, sino elevar el nivel del debate público. Porque, en el fondo, no se trata solo de quién ocupa el cargo, sino de qué tipo de gestión cultural queremos para Oruro.

Y quizá la pregunta más urgente sea otra: ¿estamos discutiendo seriamente el modelo institucional que sostendrá esa gestión o seguiremos dejando que estas decisiones se definan únicamente en el terreno político?

 

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