Cuando lo digital no basta: memoria, comunidad y bibliotecas.
Por: Miguel Angel Foronda Calle
Gestor e investigador cultural
Mail: lunangel.gc@gmail.com
Cada año, el Día del Libro
nos invita a celebrar la lectura como un acto íntimo y colectivo a la vez. Hoy,
en esta fecha significativa —al menos para quienes disfrutamos de leer y sentir
un libro entre las manos— quisiera detenerme en un aspecto que muchas veces
pasa desapercibido, especialmente en esta época de incesante digitalización:
las bibliotecas y los archivos públicos.
Esos
lugares, algunas veces silenciosos, aparentemente estáticos, que en realidad
resguardan una de las funciones más dinámicas y esenciales de cualquier
sociedad: la memoria.
En
tiempos donde todo parece caber en una pantalla, se ha instalado con fuerza la
idea de que lo físico es prescindible. Que los libros pueden digitalizarse, que
los archivos pueden almacenarse en servidores, que el conocimiento, en
definitiva, puede reducirse a datos. No se puede negar que la digitalización
ofrece grandes ventajas: permite llevar una biblioteca entera en un celular o
una tablet y hace más llevaderos momentos de espera, como un viaje, una
consulta médica o una reunión que se retrasa.
Sin embargo, esta percepción, tan extendida como cómoda, omite una
verdad fundamental: no todo está digitalizado, ni todo puede estarlo. Pero hay
algo aún más íntimo: no es lo mismo leer en una pantalla que palpar la textura
de un libro, percibir su olor o dejarse transportar por su materialidad a otras
épocas. Es una experiencia sensorial que quienes aman la lectura reconocen de
inmediato.
La digitalización es, en sí misma, un proceso de selección. Alguien
decide qué merece ser conservado y qué no. Y en ese filtro, muchas veces
silencioso, se pierden matices, contextos y fragmentos de historia que no
encuentran espacio en lo inmediato o lo rentable. Además, lo digital no es
eterno: depende de formatos cambiantes, de tecnologías que envejecen y de
sistemas que pueden desaparecer. La memoria, cuando se vuelve exclusivamente
digital, también se vuelve vulnerable.
Las bibliotecas públicas, en cambio, no solo almacenan libros y
archivos. Son espacios de acceso, de encuentro y de igualdad. En ellas, el
conocimiento no está mediado por algoritmos ni condicionado por la capacidad
económica. Para muchas personas, la biblioteca sigue siendo el único lugar
donde el saber está verdaderamente al alcance de la mano.
Pero hay algo más: las bibliotecas también son espacios de encuentro.
Lugares donde se comparten ideas, donde surgen preguntas, donde un texto puede
abrir conversaciones inesperadas e incluso propiciar nuevas relaciones. Son, en
ese sentido, espacios vivos.
Más aún, las bibliotecas y los archivos son custodios de la memoria
colectiva. En sus estantes no solo reposan textos, sino huellas de identidad:
documentos, registros, publicaciones locales, fotografías, testimonios de una
comunidad que se piensa y se narra a sí misma. Sin estos espacios, la historia
deja de ser un relato compartido y corre el riesgo de fragmentarse o, peor aún,
de desaparecer.
En este contexto, el rol de las instituciones públicas resulta
ineludible. No se trata únicamente de administrar recursos o modernizar
sistemas, sino de asumir una responsabilidad mayor: preservar y difundir el
patrimonio cultural. La cultura no es un lujo ni un gasto superfluo; es la base
sobre la cual una sociedad construye su identidad y proyecta su futuro.
En ese marco, la política pública —municipal, departamental y nacional—
debería orientarse a fortalecer estos espacios y generar mayor interés en
ellos. No debe olvidarse que en Bolivia existe la Ley N° 366, Ley del Libro y
la Lectura, que promueve la coexistencia entre bibliotecas y herramientas tecnológicas,
sin plantear en ningún momento la eliminación de los espacios físicos.
Plantear una disyuntiva entre lo físico y lo digital es, en realidad, un
falso dilema. Ambos formatos pueden y deben coexistir. La tecnología amplía el
acceso, pero lo tangible sostiene la permanencia, fomenta la identidad y abre
espacios de diálogo. La experiencia de recorrer una biblioteca, descubrir un
libro inesperado o consultar un archivo que ha sobrevivido al tiempo sigue
teniendo un valor que ninguna pantalla puede reemplazar del todo.
En una época marcada por la inmediatez, defender estos espacios puede
parecer un gesto anacrónico. Sin embargo, es precisamente lo contrario. Las
bibliotecas no son reliquias del pasado, sino herramientas para el futuro. Son
lugares donde el conocimiento no solo se conserva, sino que se transmite, se
cuestiona y se renueva.
Tal vez la pregunta no sea qué tan útiles son hoy las bibliotecas, sino
qué estamos dispuestos a perder sin ellas.
Porque cuando una biblioteca se apaga, no solo se cierran sus puertas:
se debilita el vínculo de una comunidad con su propia historia. Y esa
pérdida, aunque silenciosa, es profundamente irreversible.

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